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Al presidente L. M. G.

La educación nacional necesita un baño purificador que mate sabandijas y malezas introducidas, a sabiendas, en estamentos e instituciones del sistema educativo. El momento que vivimos es propicio para hacer los cambios que requiere Ecuador. Si lamentamos incongruencias, desatinos y perversidades en la ‘década desperdiciada’, es hora de que la verdad campee y la razón desplace a la sinrazón. Escribo, presidente, desde la experiencia acumulada durante una vida dedicada a la educación. Alguien de su entorno, entendido en la materia, le ayudará a dar a estos renglones el cauce que requieren para llegar a puerto. El tren de la historia cruza en estas horas el espacio de su dominio: o usted se embarca o el tren partirá sin usted y sin nosotros, además.

Quienes gobiernan un país, nacidos de un proceso democrático, están obligados a dejar a un lado ambiciones e ideologías partidistas para convertirse en un equipo de trabajo que busca el bienestar de la sociedad. Los pilares que sustentan la educación universal y los requerimientos específicos de una nación deben conformar el marco referencial que sirva, eficazmente, a la formación de nuevos ciudadanos del mundo; de esta forma quienes se educan (infantes, niños y jóvenes) recibirán una carta de identidad que permita formar a un pueblo con metas similares y valores comunes. Esto impedirá que un momento dado mostremos pasividad culposa frente a groseros atropellos al civismo y a la sensatez. Estos objetivos generales de la educación nacional deben estar claramente definidos para exigir su cumplimiento. Hemos perdido la brújula, presidente. Se ha jugado con la educación, se la ha usado sin decoro, como vehículo para la difusión de sueños de una facción política.

Recuerde, presidente, sus años de estudiante. Moral y Cívica fueron para nosotros alimento conceptual y práctica habitual. Hoy las fiestas cívicas dejaron de ser lazos de unión con la Patria y se han convertido en puentes vacacionales. Esperamos el puente, pero desconocemos el contenido de la fecha. Fui profesor de Ética y Lógica. Mis alumnos lo recuerdan y buena parte de ellos adecuan sus comportamientos a esos principios y normas establecidos. Si ciertos funcionarios públicos, de nombramiento o elección popular, conocieran los rudimentos de la lógica, ciertamente que nos evitarían escuchar intervenciones sin pies ni cabeza. Espero que, en breve, la tecnología cree un artefacto que sea capaz de bloquear toda emisión gutural carente de un mínimo apego al idioma y a las reglas de pensamiento. ¿Recuerdan el pedido ‘prohibido olvidar’? Ayer fue una proclama, hoy una vergüenza; mientras más la recordamos, más nos abochornamos por lo vivido.

Muy bien que defendamos los derechos de los niños y de los padres de familia. Estos derechos deben dejar de ser parte de una estrategia malsana para terminar con la educación privada. Durante más de cincuenta años de mi vida fui maestro en diferentes ciudades e instituciones educativas particulares. Recuerdo: los padres cumplían con sus compromisos, los estudiantes respetaban a sus maestros y estos honraban su vocación de educadores. Nuestra barca requiere un cambio de timón. ¿Busca usted, presidente LMG, un puesto digno en nuestra historia?