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¡Basta ya!

Que la historia es la gran maestra de la vida, nadie lo niega; tampoco que la historia, a veces, es cruel, insensible, terca, repetitiva a tal punto que pone en tela de juicio su calidad de maestra. ¿Por qué? Porque la historia no es una entelequia ni un hada madrina. La historia la construimos nosotros con todas las excelsitudes de que somos capaces, y también con todas las mediocridades y bajezas que de una u otra forma nos hacen sus prisioneros y cómplices.

El Día del Maestro, 13 de abril, se nos tiñó de negro porque supimos, oficialmente, que un equipo periodístico de El Comercio, de Quito, había sido masacrado en terreno colombiano. Días antes, cuatro soldados nuestros murieron en un atentado criminal. El narcocrimen organizado arrebató rabiosamente la vida de siete compatriotas que cumplían con su deber.

Alguna vez cité a Martin Niemöller. Lo hago nuevamente. Fue en Alemania. Gobernaba Hitler. Sus caprichos eran órdenes. Las detenciones, pan de cada día. El miedo y la cobardía caminaban juntos. Martin cuenta su propia historia; permitamos que ella nos interrogue, nos golpee, nos despierte: “Primero llegaron por los comunistas, no hablé porque no era comunista; después vinieron por los judíos, y no hablé porque no era judío; después vinieron por los sindicalistas, y no hablé porque no era uno de ellos; después vinieron por los católicos, y no hablé porque yo era protestante; después vinieron por mí, y para entonces no había quedado nadie que hablara”. ¿Vienen ahora por nosotros?

Ecuador fue intrépido y valiente, si bien indisciplinado; fue un pueblo con principios claros y metas sublimes, si bien despreocupado y bonachón; fue una nación con símbolos patrios venerados, sabíamos a dónde ir, por qué y para qué. Diez años de embobamiento colectivo, mediante recursos sofisticados de propaganda, lograron desviarnos de nuestras metas, crear falsos horizontes, acabar con tradiciones, mofarse del pasado y mantenernos alucinados rindiendo pleitesía a un ídolo del peor barro imaginable parapetado dentro de un sistema cínicamente armado, con apariencias legales, gracias a la complicidad de abogados que nunca entendieron el porqué y para qué de las leyes en una sociedad, peor en democracia.

Los trágicos episodios en torno a Mataje sacan a relucir lo que ya sabíamos: la complicidad de un exgobernante falaz. Mientras la justicia no se decida a colocar a RCD en el banquillo de los acusados y condenarlo para que purgue los males que hoy ensombrecen la vida de muchos ecuatorianos, las declaraciones y buenos propósitos serán ardides para solapar complicidades.

La narcoguerrilla ha golpeado la quilla de nuestro barco. Hemos sentido el remezón. La patria deplora el infortunio de hogares destrozados. Que lo sucedido sea una cruenta voz de alerta. Mejoremos procedimientos y rompamos complicidades. Una vez más: LMG es un supino farsante o quiere hacer historia. Ecuador anhela lo segundo, pero debe demostrarlo rompiendo su entorno político que sabe a rancio. No puede cambiar el rumbo si su tripulación apunta hacia otros horizontes. Cortar amarras con un reciente pasado es su obligación. Debe demostrarlo, no basta proclamarlo. Presidente LMG: usted ofreció no mentirnos. Llegó su hora. (O)