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Cambalache

Cambalache… ¡Para qué mencionar algo que todos saben! Lo hago por el temor de que se cumpla aquello de que “las cosas por muy conocidas no se las menciona; por no mencionarlas, no se las recuerda; por no recordarlas se las olvida”. Fue en 1934 cuando Enrique Santos Discépolo compuso Cambalache, un tango que se resiste a morir porque los nuevos tiempos encuentran en su texto viejas verdades, enseñanzas y hasta vaticinios.

Cambalache tiene un año más de vida que yo. Ya quisiera tener su fuerza y elocuencia o poseer ese bisturí capaz de diseccionar la sociedad. Julio Sosa, Gardel, Lamarque, Serrat, Gieco, Aute, Raphael, Julio Iglesias, entre otros, fueron sus intérpretes. Al incluirlo en esta columna pretendo bucear en su texto para comprobar que lo denunciado por Discépolo, espejado en la ‘década infame’ argentina, es similar a nuestra perversa ‘década malgastada o desperdiciada’, llamada, aún, ‘ganada’, por un rebaño que no despierta.

Escojo algunas frases que se ajustan a nuestra realidad, el texto completo es fácil conseguirlo por internet. “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé… pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente ya no hay quien lo niegue”. Han pasado ocho décadas del nacimiento de Cambalache y el mundo sigue siendo un pandemonio de tensiones y egoísmos, mientras en Ecuador pigmeos morales se autoproclaman líderes de un nuevo Ecuador reclutando con este fin un crecido número de sumisos obsecuentes, dispuestos a toda gestión, inclusive, alejada de la ley y del honor.

“Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador. ¡Todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor”. ¿Fue Cambalache una profecía para el Ecuador de comienzos del siglo XXI? Parece que sí. Nuevas disposiciones legales fueron usadas para tergiversar, de forma clandestina la Constitución y sus leyes derivadas y para hacer de ellas instrumentos contrarios a su misma esencia: la justicia. ¿Quiénes lo hicieron? Suspicaces y maquiavélicos abogados, bien remunerados, que pusieron en bandeja su capacidad para beneficio de alguien que pensó que su proyecto debía durar más de 300 años. Esas leyes derivadas, con apariencia de innovaciones urgentes, cimentaron un poder que resulta hoy, en un aparente querer alejarse de tamaña sinrazón, un esfuerzo todavía infecundo por cortar raíces existentes e invisibles. Los rateros criollos ostentan los frutos de sus latrocinios y se proclaman víctimas de acoso político; ya no se esconden ni sienten vergüenza como ayer. Robar no es un delito, es sabiduría, es una opción.

“Siglo veinte, cambalache, problemático y febril, el que no llora no mama y el que no afana es un gil”. Cuando los derechos no se respetan y cuando la justicia deja de ser ciega, surgen las protestas hasta llegar al uso de la fuerza, creando caos e intemperancia que terminan reafirmando el poder y negando soluciones. Se llora, pero no se mama; el ejército de giles es numeroso y tímido: aún queda una capa casi imperceptible de pudor en el rostro del Ecuador. ¿Fue Enrique Santos Discépolo un clarividente del devenir latinoamericano? (O)