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Del asombro y algo más

Hace ocho días reflexionamos sobre la capacidad de asombro de los ecuatorianos. Concluíamos que esa capacidad humana se encontraba peligrosamente menguada. En el pensamiento de Lacalle, el asombro es requisito indispensable para estar sincronizados con los acontecimientos locales, nacionales y mundiales. El cáncer de una sociedad, palabras mías, es llegar a un estado de impavidez tal que da lo mismo si se roba o no, si la Asamblea trabaja o pierde su tiempo, si los ministros exigen honradez y rendimiento a sus subalternos o les importa un pepino lo que suceda dentro de esa parcela de poder; si los maestros tienen vocación para su oficio o simplemente son mendigantes de un pedazo de presupuesto para su sustento, etcétera. Ser espectadores de las atrocidades que puedan cometerse y no reaccionar cívicamente es pernoctar anestesiados en la antesala de la disolución de la sociedad. Todos nuestros sentidos acompañan a la actitud de asombro, en consecuencia, es menester amaestrarlos para que estén capacitados para captar eventos que despierten el asombro.

Los ojos fueron creados para ver, esa es su función. La pregunta es si todos los que ven también miran. La mirada es una visión crítica de la realidad: no solamente veo a los vendedores ambulantes cerca de los semáforos, sino que esa visión me permite que mire una realidad social y piense en causas y posibles soluciones; para dar una capacidad crítica a mis ojos, mi cerebro debe estar enterado y entrenado para ello. De igual forma podemos hablar acerca del olfato, el gusto, el tacto, la audición. Mis oídos reciben diversos estímulos: el estallido de una bomba, el chasquido de las olas, una sinfonía de Beethoven, un bolero, el ulular del viento. Cómo procese mi mente esos estímulos dependerá de mi experiencia, cultura y gustos. Los cinco sentidos a más de ser maravillosos instrumentos de satisfacciones personales son también medios eficaces que nos conectan con el mundo y de manera especial con ‘el otro’. Es muy importante que cada persona valore esos instrumentos de comunicación porque ayudan a robustecer la capacidad de asombrarse.

Ayer me sorprendí ante una pregunta, por lo demás, sencilla: ¿qué hago para sorprenderme? Me sorprendí porque no hay textos impresos con tales preguntas. Le dije para salir de mi estupor: ¡sorpréndete!, no tengo la respuesta. Le dije luego: lo que veas, lo que oigas, lo que mastiques o lo que percibas hazlo lentamente, sin prisa y trata de captar los ruidos del ambiente, los olores de tu alrededor o los sabores de lo que comes para de poco a poco comenzar a entender lo que significa ser interpelado por lo que se ve, aplaudido por lo que se expresa o pensativo frente a complejidades apenas descubiertas. Urge abandonar controles para entender la pureza de un nuevo amanecer. Alcancé a conocer a mi abuelo Camilo Samaniego Sáenz. Admiré siempre su gallarda presencia, su rostro afable, su palabra oportuna y sus ojos inquietos, brillantes e inquisidores. ¡Era asombroso!

“La ambición de poder es una mala hierba que solo crece en el solar de una mente vacía”, Ayn Rand.