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Pensar, hablar, escribir

Pensar, hablar y escribir son verbos inofensivos, en apariencia. Hablar ocupa el puesto estelar. ¡Quién no habla! El escribir es menos frecuente. Los próximos meses, en Ecuador, serán de una locuacidad ensordecedora. Revolucionarios y opositores se creen en el derecho de decir cuanto se les ocurre porque aún confían en la credulidad e ignorancia, según ellos, de quienes les escuchan.

Pensar es tarea difícil, de enorme responsabilidad, es caminar cuesta arriba. El pensador tiene el hábito de pensar, es decir, averiguar, investigar, estudiar, conversar, confrontar ideas, sentar premisas, sacar conclusiones. El pensador no tiene un día a la semana para pensar; piensa todos los minutos de su vida.

Las caras bonitas, los artistas y los futbolistas, por ser tales, no son garantía de ser gente pensante; sí lo es, si estas cualidades y profesiones van aparejadas con el ejercicio permanente de búsqueda de la verdad a través del conocimiento y la reflexión. La locuacidad no presupone pensamiento. Conozco charlatanes que hablan y hablan y nada dicen. También hay embusteros que manipulan las ideas para engañar a gente que saben que piensa menos que ellos.

Analistas políticos, aquí y más allá, han impugnado el uso de figuras bonitas, artistas y deportistas para llenar listas de candidatos, por ser personas conocidas, que no requieren mayor inversión para darse a conocer. ¿Es ético, es conveniente, es legal? En Ecuador no está prohibido porque no existen exigencias intelectuales para integrar la Asamblea Nacional. ¿Por qué para construir una casa se requiere de profesionales a fin de asegurarla contra eventuales sismos? ¿Por qué para redactar una Constitución no existen similares exigencias?

Sobre pensar para hablar tenemos ejemplos en las páginas de nuestra historia. Galo Plaza no era elegante, era conciso y diáfano. Camilo Ponce E., un orador de quilates. Velasco Ibarra y Carlos J. Arosemena tienen su puesto en las letras ecuatorianas. Roldós, Hurtado, León, Borja, Durán-Ballén o Palacio fueron respetuosos con sus oyentes: pensaban lo suficiente, reflexionaban y luego enviaban sus mensajes a la comunidad. Eran tiempos en que la autocensura era algo demasiado obvio. La gente se sonrojaba cuando intuía que dijo un disparate, se ofrecían disculpas.

Obligación de un buen gobernante es cambiar hábitos dañinos de una comunidad; esto presupone conocer dichos hábitos y esbozar estrategias para crear un nuevo ciudadano más responsable y más consciente de sus derechos y responsabilidades. Es fácil entender que una propaganda avasalladora sobre determinados temas, una manera irrespetuosa de copar espacios para difundir verdades, verdades a medias y falsedades, todas como verdades indiscutibles, es un atentado al futuro del país, es hacer que nada cambie y proclamar al mismo tiempo que ya todo cambió, es domesticar, es un nuevo estilo de colonialismo.

Mi respeto por el don de la palabra y mi alegría por la capacidad de pensar, elementos aptos para construir o destruir. Analicemos el reciente mensaje de Mujica y las intervenciones de la última semana en nuestra Asamblea Nacional. Ustedes, amables soportadores de esta columna, den su veredicto.

Es una enorme desgracia no tener talento para hablar bien, ni la sabiduría necesaria para cerrar la boca”, Jean de La Bruyére(O)