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‘Yo soy yo…’

Recuerdo a mi padre. ¡Cómo olvidarlo! Lo miro, lo admiro, sentado junto al corredor de la casa por él construida con las mejores maderas de Morona Santiago. Vivíamos en Pueblo Pata, parroquia El Rosario, un espacio creado para compartir, en armonía con la naturaleza, y para hacer de esas tierras una fuente amigable de sustento. Sus hijos crecimos con la dulce entereza de nuestros padres, todos con idéntico sello de apego a la tierra, de fusión familiar y de entrañable amor de Patria.
¿Por qué estos recuerdos? El jueves 26 de abril, cuando el fiscal de la Nación buscaba artificios legales para defenderse de las imputaciones en la Asamblea Nacional, citó a Ortega y Gasset: ‘Yo soy yo y  mis circunstancias…’. Esta insignificante-gigantesca novedad –demasiado fugaz por desgracia– creí que intentaba devolver a la Asamblea Nacional la sede del pensamiento, del diálogo franco, del discurso pensado, del intercambio productivo de ideas, en síntesis, el retorno del pensamiento y su decorosa  formulación porque los diez últimos años fueron proclives para esterilizar la sana controversia, el debate sesudo, la argumentación sustentada, el intercambio de saberes. Por desgracia, la frase no cosechó los resultados anhelados ni justificó su presencia en el recinto.
Hace unos años la UEES publicó un libro con la recopilación de algunos escritos míos, ese libro se llamó Más acá…  de mis circunstancias. El título escogí personalmente y lo hice pensando en Ortega y Gasset. El yo de este pensador español fue rehén de innúmeras circunstancias congénitas y adquiridas. Esas pequeñas-enormes circunstancias cambian destinos, rediseñan espacios, alborotan rumbos existenciales. La vida no siempre puede esquivar destinos, tampoco rutas. La vida necesita… vivir.
¿Qué pasa con las circunstancias?  Pues ellas nos forman, modelan, acompañan, alientan, interfieren; son estables y cambiantes, lisonjeras y peligrosas, fugaces y duraderas; vitales o sin importancia. Nuestras cunas, si las tuvimos –yo nací antes de que estas se inventaran en mi pueblo–  estuvieron envueltas en circunstancias tan disímiles que ayudaron para el crecimiento de vidas con sellos de propio cuño entre una gama inmensa de gérmenes en espera y de certezas manifiestas.
Un ejemplo para comprender mejor algo de por sí incomprensible: el misterio de ser   humanos.  El 26 de abril supimos de un feriado más largo que el consabido. Suelo el fin de semana pensar un tema para el próximo miércoles, pero esta vez no fue así, debía enviarlo antes por el feriado. Lo hice. Mientras tanto, algo surgió que me obligó a posponer esta publicación. Las circunstancias nos gobiernan.
En esos días conocí de cerca la Fundación Impulso Peninsular, al ser invitado al lanzamiento de un libro por ella auspiciado. Pude entonces conocer a peninsulares de profesiones variadas y, de manera especial, a gente interesada por la naturaleza, por la vida vegetal. El poder de las plantas, del Dr. Manuel F. Rodríguez Toledo, químico industrial, se presentó en esa noche. Él declara en su prólogo: “Desde tiempos inmemoriales y sin mayor conocimiento de la química, se han utilizado las plantas como curativas y medicinales…”. Un libro de interés y de utilidad para doctos y aprendices.