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Camino al andar

Hace un par de semanas, este Diario publicó un reportaje, en su Revista dominical, con el título de “La cocina de un sueco”. Quien escribía era Savro Zonn, heredero, de facto, de la columna del añorado Epicuro. No es tarea fácil emprender esta presencia habitual que, por otra parte, es necesaria en una revista que destina un espacio para ocuparse también de la crítica gastronómica a más de las certeras recetas, en la misma Revista, de Patricia Baquerizo de Reyes. Escribir sobre alimentación debe ser una tarea ardua porque es enfrentarse con los paladares del universo y todos tenemos nuestro gusto especial. ‘De gustos y colores no discuten los doctores’ solemos decir; además, la página de Epicuro tuvo algunas décadas de vida, tiempo suficiente para crear adeptos a su peculiar gusto por alimentos y bebidas. Fui amigo de Bernard, de esos amigos que solo se ven ocasionalmente, pero jamás se olvidan.

Pues bien, Savro Zonn estuvo hace unas semanas en Olón, provincia de Santa Elena. El domingo pasado, mi esposa y yo nos trasladamos a ese lugar desde Salinas, espacio de nuestra residencia, para probar aquello que se recomendaba y ver si era cierto ‘tanta belleza’, al decir de mi abuela Adelaida, lojana de cepa. En ese reportaje me llamó la atención la descripción de ‘el curry de cordero’. Pues bien, pedí ese plato: lo probé, lo degusté; a pesar de ser para mí nuevo, me gustó. Se nos unieron al almuerzo unos amigos que pernoctaron en Montañita, molestos porque no pudieron dormir por el volumen fuerte de parlantes. Les dijimos: ¿a quién se le ocurre ir a dormir en Montañita? Ellos me ayudaron a concluir el sabroso y abundante cordero y me aseguraron que en Barcelona, España, habían probado algo semejante. Johan y Anaí, sueco y argentina, son una pareja que se entrega a su trabajo y a sus clientes. Parece que nacieron para escuchar opiniones, preguntas novedosas, extrañezas. Le dijimos a Anaí que todo estaba bien, pero que los platos eran demasiado suculentos. Es nuestra política: pecar por exceso y no por carencia, fue su respuesta. Y así nos despedimos de Momo, nombre del restaurante, no sin antes recorrer la playa de Olón.

Nos sobran un par de horas de sol. Enfilamos, ya de regreso, a Montañita. A mano izquierda leemos Cabañas. Siempre pasamos por allí, nunca ingresamos. Nuestra sorpresa: algunas hectáreas dedicadas a un turismo de más tranquilidad y de menores costos. A mano izquierda, siempre, montaña arriba, existen otras soluciones bien pensadas, hasta una academia de idiomas. La prisa cuando viajamos es mala consejera porque perdemos detalles de nuestro entorno y… la vida está hecha de detalles.

El resto de la tarde lo dedicamos a Ballenita, a conocer su moderno malecón. Es un proyecto integral destinado a las familias para disfrutar de las bondades de la playa. La zona de aparcamiento es amplia y segura. Salimos bien impresionados. Confiamos en que lo construido perdure en el tiempo y los espacios cumplan la función para la que fueron diseñados.

La península de Santa Elena es una joya que debe brillar.

(O)