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El retrato de Rosalía

No soy historiador. No fabrico elogios ni reparto complacencias. Soy un educador de toda la vida y un testigo de la historia, al menos de parte de ella, porque la historia es una dama esquiva que no siempre muestra su rostro, y en ocasiones, tampoco su verdadero rostro.

El conocimiento y la amistad con la Dra. Rosalía Arteaga Serrano son de vieja data. El hecho de ser ambos educadores nos une; la pertenencia mutua a la serranía morlaca nos hermana; los anhelos de servicio a los demás, de una u otra forma, en escenarios diversos, estuvieron y están muy cercanos a nuestros mutuos compromisos existenciales. En esta hora de la justicia está bien que los amigos digamos: presente.

Si bien los humanos somos seres políticos desde los albores de nuestras existencias, sin embargo, la política partidista nunca me atrajo. Es por esto que me resulta difícil y extraño lanzar juicios de valor. En la fiesta brava, entre ser espectador o torero, media una abismal diferencia. Sin embargo, tampoco es dable callar cuando la palabra es convocada a la mesa de la verdad.

La historia se construye con circunstancias variadas, pertenecientes a personas diversas, con formación distinta, con ideales y principios tantas veces disímiles y hasta contradictorios. ¡Cómo reunir estos elementos para iniciar la construcción de una historia!, es una proeza. ¡Cómo revisar episodios para corregir interpretaciones y dar vida a nuevas realidades y visiones!, un desafío.

El tiempo es una poderosa criba y un tamizador gigantesco porque logra que ese ápice de verdad refugiado en grietas o pliegues recónditos salga a la luz y logre liberar grandes verdades que fueron maniatadas, acalladas o sepultadas. La verdad no resiste la opresión. La verdad nació para estar en el candelabro, para iluminar, para regalarnos su luz.

En estos días, Carondelet decidió reparar una añeja injusticia colocando en el sitio que le corresponde, en el Salón Amarillo, a la Dra. Rosalía Arteaga Serrano, presidenta constitucional de la República del Ecuador. Es un gesto que honra a la actual administración política del Estado y es una invitación para ‘desfacer agravios y enderezar entuertos’. Alan Rickman escribió: ‘El punto sobre una gran historia es que tiene un principio, un desarrollo y un gran final’. Honro y festejo una historia que, finalmente, tiene un gran final.

Una pregunta válida, que a su vez, implica una incógnita. ¿Qué hubiese pasado si luego del 5 de febrero de 1997 hubiera asumido la Presidencia, en derecho, la Dra. Rosalía Arteaga Serrano? Es un futurible, es hablar de algo que pudo ser y cómo pudo ser.

Personas cercanas a la vicepresidenta de entonces hablan de que el panorama político hubiese sido otro y muy distinto a las últimas décadas vividas, porque la política se hubiese liberado de pactos y acuerdos de trastienda, pues precisamente por no haber aceptado estos condicionamientos, su presencia en la Presidencia fue negada por los poderes fácticos de ese entonces. En buena hora por lo que pudo haber sucedido, porque en los últimos lustros sabemos quiénes ocuparon el poder y quiénes fungieron de mandatarios; desconocemos quiénes y para quiénes verdaderamente gobernaron.