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¿Está enferma la justicia? (1)

Los males que aquejan al Ecuador, en buena parte, se desprenden del manoseo inverecundo de las leyes. Se denunció oportunamente que la Constitución de Montecristi, luego de su aprobación por los constituyentes, fue objeto de una manipulación grosera a fin de ponerla a tono con las necesidades y exigencias de quienes manejaban y manejarían los destinos del país. En esos días cambiaron en Ecuador los polos de atracción y la brújula nacional sufrió su más trágica desorientación democrática. ¿Para qué entonces las leyes, la justicia y los jueces en una sociedad?

Una dama con ojos vendados, signo de imparcialidad, sostiene con una mano la balanza para sopesar la bondad o maldad de algo o de alguien y con la otra, la espada que simboliza el poder para exigir el cumplimiento de las leyes, es la tradicional representación gráfica de la justicia. Toda sociedad pequeña o grande, tarde o temprano, necesita un código que asegure la obtención de aquello que busca. El agricultor, que jamás estudió, observa el movimiento de la luna, sabe cuándo es tiempo de sembrar, aporcar, podar o cosechar. Una compleja sociedad moderna requiere de leyes, nadie lo discute. Ecuador tiene, quizá, más leyes de las que requiere, y también tiene leyes que están en el papel pero que sistemáticamente son conculcadas, por desconocimiento o menosprecio. La llamada década ganada creó un cúmulo de leyes con un lenguaje jurídico y gramaticalmente cuestionable que requiere ser revisado.

Los profesionales del derecho –abogados, doctores, magistri, etcétera– son los llamados, dentro de un sistema de justicia, a velar para que la ley sea observada, para defender a los buenos y castigar a los delincuentes. No soy abogado, quizá por esto mis inquietudes y perplejidades son persistentes y recurrentes.

¿Es ético que un abogado arme un tinglado para demostrar que lo negro es blanco si él bien sabe que es negro? ¿Puede un abogado decente alegar que su defendido no robó cuando todos saben que es un ladrón? ¿Cuándo cabe una defensa? Decir que alguien nada hizo cuando las evidencias demuestran que sí cometió un crimen es un vejamen a la justicia y a la sociedad. Una burda mentira, un engaño, una patraña. ¿Es ético interpretar la ley de manera torcida para que signifique exactamente lo contrario de lo que su texto dice? El abogado defensor que mediante un manejo equívoco de la ley permite la libertad de alguien que sí cometió un crimen, ¿cómo debe ser juzgado?

Los abogados que preparan fallos para los jueces, aquellos que crean leyes para burlar procedimientos o controles, aquellos que hacen lo que sus amos desean, los que sirven al mejor postor son un cáncer dentro de la vida de una nación.

En estos días escuchamos demasiada pobreza de razonamientos, demasiado enredo de palabras y términos aparentemente jurídicos. Hay pocas ganas de buscar la verdad para premiar al inocente y castigar al delincuente. Hay una percepción bastante difundida de que estamos siendo engañados, tratados como incapaces. ¡O tempora, o mores!

No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencia de justicia”, Montesquieu. (O)