Close

Sobre ruedas…

Por un tiempo –a no ser que las circunstancias obliguen– quiero que estas líneas sirvan para desintoxicarnos del diario acontecer. El manejo judicial y político de los malhadados acontecimientos de la década malgastada me causa repulsión. Mientras el ladrón rural o del suburbio en contadas horas conoce la cárcel o retorna a ella, quienes nos postraron moral y económicamente se regodean dentro y fuera del país; sabemos de malversaciones y de acciones protervas, pero, nada más… sabemos. Los dimes y diretes abundan; los amagos y las fintas ofenden. Parece que las leyes se trabajaron para dejar en la impunidad o sancionar con penas irrisorias a quienes se cargaron con el santo y la limosna. Hoy somos testigos de una bien montada escuela de impunidad con expertos docentes y destacados alumnos. Me asfixia tanta impudicia. Me ofenden los rostros de palo de los delincuentes. Me duele ser parte de un Ecuador que decidió no alzar cabeza. Es por esto que busco hoy algo distinto, fresco, cotidiano, que nos distraiga, nos haga sonreír o por lo menos mirar hacia otro lado.

Me encanta conducir; siento placer al manejar mi vehículo. No sé si todos los choferes la tengan, pero yo nací con alma de chofer. Lo descubrí bastante tarde, cuando mi vida había recorrido ya la mitad de su camino. Dos, cuatro, seis horas; doscientos, cuatrocientos, seiscientos kilómetros en una jornada me son igual… a la edad que tengo. Como las horas tienen su duración, sé que estas bondadosas circunstancias, de las que aún disfruto, un buen día ya no serán mías, entonces: carpe diem, saca el jugo al día, vive aceleradamente tus horas de bonanza. Quien se propone vivir a plenitud cada instante de su existencia demuestra sensatez, porque las horas y los días no son otra cosa que un cúmulo de instantes.

De Salinas, donde resido, debo viajar periódicamente a Guayaquil en busca de variados servicios profesionales con los que no contamos o no se los conoce en la provincia de Santa Elena; considero que es consecuencia de una provincialización improvisada, movida por intereses políticos irresponsables, ajenos al bienestar de la comunidad. Pues bien, ya en Guayaquil, cuando llego a Los Ceibos, me aparco y cedo el puesto a mi compañera de ruta porque ella sabe que no me gusta manejar en la gran ciudad, soy ‘chofer de carretera’. Cuando estoy solo dejo mi auto a buen recaudo y uso taxis para mis pocos o muchos desplazamientos.

Me encanta conversar con los taxistas, si son de cincuenta para arriba, qué mejor, porque saben lo que pasa en la ciudad, el movimiento de la política, el ayer y también el mañana. Detengo un taxi al azar, recorremos cuatro kilómetros y conversamos de todo. Él se queja de sus compañeros que no respetan las leyes de tránsito y de ciertos vigilantes corruptos. Usted tiene al menos setenta años le digo; me responde: Equivocado, ochenta. No los aparenta; que de dónde es, de Azogues me contesta. ¡Qué les parece: dos cuasi paisanos, nacidos en el ‘cono sur’ nacional, hoy afincados en el Litoral ecuatoriano, hasta ayer desconocidos! (O)