Close

Tiempo de reflexión

Luego de la amarga experiencia de vivir en un país “sitiado” por un grupo de ciudadanos que por muy respetables que sean, no pueden agredir al resto de ecuatorianos que no están de acuerdo con ellos, quise escribir sobre la angustia y terror causado a las mujeres, ancianos, enfermos y niños por la invasión de hordas emplumadas que sometieron por la fuerza a la abrumadora mayoría (el 93 %) de los ecuatorianos, con un paro que perjudicó la economía de sus hogares y del Estado.

Quise decir que no existe derecho en el mundo que permita agredir e irrespetar los derechos de otras personas y que nadie puede imponer su criterio a la fuerza, por medio de la agresión y el vandalismo, y peor someter a un gobierno legalmente constituido. Pretendí protestar porque los agresores se tomaron el nombre de todos los ciudadanos, cuando no representan ni el 7 % de la población ecuatoriana. He querido gritar la inconformidad y rechazo al vandalismo, sabotaje y terrorismo al que han sido sometidos Ecuador y sus habitantes. Rechazar la toma de la Asamblea, el asalto y quema de la Contraloría, la destrucción de la ciudad de Quito, el cierre de carreteras, y todo aquello que constituya delito punible y pesquisable de oficio. Quise escribir sobre la entereza de un gobierno que ha manejado la situación sin importar su proyección o pretensión política, o sobre la sumisión del mismo sin una fuerza del orden que pudiera hacer respetar el Estado de derecho, reprimiendo el vandalismo que pretendía un golpe de Estado, planificado y ejecutado por grupos sediciosos y subversivos que secuestraron al país, auspiciados por gobiernos extranjeros y el Foro de Sao Paulo.

Pero no, prefiero callar y sumarme al tiempo de reflexión, para que las actuales y futuras generaciones saquen sus propias conclusiones sobre lo que significan la paz, el orden, el respeto y la justicia, sin confiar en grupos sectarios que se identifican con los promotores del golpe de Estado, pregonando que el país y los estudiantes no han perdido trabajo ni clases, que han ganado adoctrinamiento de cómo destruir un país.